Jose Maria Arenzana

“La realidad no es como nos la pintan”. Eso dice mi amigo Estulin. Daniel Estulin, nieto de un coronel de la KGB e hijo de un científico represaliado por la URSS, perteneció al contraespionaje militar soviético y describe los submundos que se esconden detrás de la cortina de este modo: “El mundo del espionaje es una realidad de humo y espejos”.¿Y qué pinta un espía en todo esto, si he venido a hablarles de la obra de un pintor de sensibilidad excepcional llamado Francisco Cayetano Naranjo Jurado? Antes de aclararlo, permitan otro inciso o digresión. He dudado siempre de la capacidad de las palabras (y eso que es mi única herramienta) para entrometerse en otras Artes: Pintura, Música, Escultura, Arquitectura, Cinematografía… Así como otras disciplinas pueden bañarse y ahondar en la Literatura, desconfío de la potencialidad de las palabras para aprehender o aportarle algo a las demás Artes. Pocas veces he sentido que, al hablar de una obra pictórica o cinematográfica, las palabras la estuviesen agrandando. Presiento, en cambio, que ningún idioma logra otra cosa que merodear alrededor de las melodías o los cuadros, cual si fuesen esas molestas moscas veraniegas de la hora de la siesta.Así pues, prefiero agarrarme a las palabras, en este caso las de un espía para, a través de ellas, hablarles de la obra pictórica de Paco Naranjo: poética e inaprehensible como un sueño, melodiosa y nostálgica como un trozo de memoria encontrado entre la hierba fresca, jovial y secreta como un tesoro de perlas y piratas, colorista y sonriente a veces como un carrusel de feria, en ocasiones triste y hermosa como una dama del Renacimiento, lírica y evocadora como el verso suelto de un magnífico poeta.

 

Al fin, hablamos de palabras.Y dicen que la realidad no es como nos la pintan, pero será porque no conocen la obra de Paco Naranjo. Porque Paco Naranjo pinta la realidad. Sí, es la realidad misma lo que vemos en sus cuadros, sólo que teñida con las emociones que a los mortales nos pasan desapercibidas. Y digo bien, a los mortales, porque Paco Naranjo, a través de su obra, ha logrado lo que sólo los héroes mayores alcanzan: hacerse inmortales. Nosotros, pobres inmorales, somos los mortales.Ahora bien, la realidad de Paco Naranjo es, como dicen los espías, una realidad de humo y espejos, de mil caras disonantes reflejadas hasta el infinito, de fugaces momentos que nos atraviesan, de flashes imperecederos sobre lo más recóndito de la memoria, de oníricos paisajes inventados, de paseos imprevistos y atomizados por el recuerdo, de chasquidos indescriptibles atronando nuestros corazones, de neblinas y falsas telarañas componiendo hermosos salones amueblados con destellos y vajillas de plata.La realidad que vemos es sólida y la de Paco Naranjo es acuosa y flexible como una lente de contacto. La misma lente que utiliza para movernos en el tiempo y en el espacio. Para situarnos en la orilla misma de un lago ubicado en las afueras de la ciudad de Utopía. Para extraernos una sonrisa o para clavarnos una puñalada de misterio.Paco Naranjo dibuja y pinta con la precisión y exquisitez de un tímido y compone con la frescura y el talento de un ser libre de ataduras. Bromea con la realidad, la sazona, la pone en adobo y, sabedor de que la energía no se crea ni se destruye, él la transforma en un juego de magia digno de Alicia en el País de las Maravillas.Y, además, Paco nos narra historias simbólicas y fabulosas de princesas del pasado, de miradas ceremoniosas, de besos que se escaparon y deambulan por otros labios, de luces perezosas, de ciudades brillantes y planetas transistorizados, de tangos soñados, de niños asombrados, como él mismo, ante el espectáculo diario de la vida que pasa a nuestro lado, de deseos encubiertos, de rayos que no cesan, de bellas azoteas silenciosas, de sombras que no llegan, de amores imposibles perfumando este aire dulce que lo envuelve todo.

 

En cierta ocasión, Mario Vargas Llosa (ya ven que para referirme a la pintura prefiero hablar sobre palabras) homenajeaba al ignoto poeta peruano Emilio Adolfo Westphalen, gran amigo suyo, y citaba uno de sus hermosos poemas en prosa (“Amor eterno”) que, por alguna extraña razón, para mí desconocida, condensa y se asemeja mucho a la inspiración que me produce contemplar (¿qué otra cosa cabe hacer ante una obra pictórica? ¿Acaso perder el tiempo con las palabras?) la obra de Paco Naranjo. Con permiso, dice así:

 

Amor eterno

 

“Da miedo, a veces, encontrarse con que el camino cae a pico y que hay que bajar agarrándose con las uñas de las rocas. En esta circunstancia, no se puede sino aconsejar que a cien metros del suelo se suelten las manos.La caída es deliciosa: el cuerpo se ha hecho permeable; lo atraviesan flores, hojas aromáticas; riachuelos, algas, espuma del mar, hilos de lluvia, cabellos de mujer, copos de nieve. Éstos, al fin, se solidifican a su alrededor, para luego estallar tal una granada arrojada con violencia al rostro de la mujer amada, que aparece sonriente tras las trayectorias vertiginosas de los granos rojos”.

 

Fin a las palabras.

 

Paco Naranjo

Pinturas 1971-2014